LA INVESTIGACION CULTURAL EN MEXICO,

UNA APROXIMACION

Gilberto Giménez
culturayrs.org.mx

Sociólogo,

Instituto de Investigaciones Sociales de la

Universidad Nacional Autónoma de México

El trabajo reseña la investigación cultural en México, utilizando como marco ordenador ciertos parámetros de la teoría de la cultura y ciertas clasificaciones tradicionales en esta materia. A partir de aquí procura identificar los grandes ejes de los estudios culturales en el país, sobre todo, a partir de los años setenta. También señala la debilidad congénita que exhiben los estudios culturales mexicanos cuando se los analiza desde una perspectiva epistemológica que desborde los niveles puramente descriptivos. En las conclusiones se señalan los factores externos que han condicionado y limitado los estudios de temática socio-cultural y se sugieren algunas vías para superar los estrechos marcos dentro de los cuales se ha desarrollado hasta el presente.

The work reviews cultural research in Mexico, using as its underlying framework certain parameters of culture theory and certain traditional clasifications in this area. From this starting point, the author identifies the main axes of cultural studies in this country, especially from the Seventies on. He also points out the congenital weakness of Mexican cultural studies when analyzed from an epistemological perspective that goes beyond purely descriptive levels. The conclusion indentifies the external factors that have conditioned and limited these socio-cultual studies and some ways of overcoming the narrawness of the framework within wich they have been carried out up until the present.

 

Parámetros de análisis

Para poder hablar con orden y método acerca de la investigación cultural en México, necesitamos reconocer primero el ámbito que recubre el concepto de cultura en su sentido más amplio y a la vez mantener como punto de referencia -al menos implícito- el nivel alcanzado por las investigaciones culturales en otros países donde supuestamente las ciencias sociales han logrado mayor desarrollo.

En cuanto al primer punto, comenzaré distinguiendo con Jean-Claude Passeron (1991:314 y ss.) tres sentidos básicos del concepto de cultura: como estilo de vida, como comportamiento declarativo y como corpus de obras valorizadas.

En cuanto a estilo de vida, la cultura implica el conjunto de modelos de representación y de acción que de algún modo orientan y regulan el uso de tecnologías materiales, la organización de la vida social y las formas de pensamiento de un grupo. En este sentido, el concepto abarca desde la llamada "cultura material" y las técnicas corporales, hasta las categorías mentales más abstractas que organizan el lenguaje, el juicio, los gustos y la acción socialmente orientada. Consecuentemente, cabría introducir en este mismo apartado una subdivisión (metodológicamente muy importante) entre formas objetivadas y formas subjetivadas de la cultura o, como dice Bourdieu (1985:91), entre "símbolos objetivados" y "formas simbólicas interiorizadas".

Éste sería el sentido primordial y originario de la cultura que, en cuanto tal, abarcaría la mayor parte del simbolismo social y representaría el aspecto más perdurable de la vida simbólica de un grupo o de una sociedad. Los demás sentidos -de los que nos ocuparemos de inmediato- serían, en cambio, derivados y tendrían por base precisamente al primero.

En cuanto comportamiento declarativo, la cultura sería la autodefinición o la "teoría" (espontánea o elaborada) que un grupo ofrece de su vida simbólica. En efecto, todo grupo, además de practicar su cultura, tiene también la capacidad de interpretarla y de expresarla en términos discursivos (como mito, ideología, religión o filosofía). Recordemos, por ejemplo, la intensa producción discursiva en México sobre la cultura nacional, desde Samuel Ramos hasta Octavio Paz, pasando por Leopoldo Zea, Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis y otros más.

Este aspecto de la cultura se considera el más visible y, por lo mismo, el más accesible a los historiadores, a los analistas del discurso y de las ideologías y a los investigadores en general. Es también el que evoluciona con mayor celeridad.

Pero hay que considerar siempre un desfase entre la cultura efectivamente practicada y la cultura dicha, por lo que sería ingenuo pretender inferir la primera de la última.

Por último, los miembros de todo grupo o de toda sociedad reservan siempre un tratamiento privilegiado a un pequeño sector de sus mensajes y comportamientos culturales contraponiéndolos a todo el resto, un poco como "lo sagrado" (o lo "consagrado") se contrapone a lo "profano" y lo banal en Durkheim. Tal sería, por ejemplo, el estatuto de los valores artísticos en nuestra sociedad, que funcionan como emblemas o simbolizadores privilegiados de la cultura. Según Norbert Elás (1973), en la sociedad cortesana europea de la época de las monarquías absolutas, este papel privilegiado lo desempeñaban, no el arte, sino el "código de maneras". Hablaremos de cultura patrimonial o de cultura consagrada para referirnos a este tercer sentido del término en cuestión.

También necesitaremos recurrir a algunas clasificaciones básicas de la cultura en cualquiera de los sentidos antes señalados, con fines puramente analíticos y descriptivos.

Por ejemplo, si introducimos el criterio del análisis de clase, obtendremos la trilogía bourdieusiana cultura legítima (o consagrada), cultura media (o pretensiosa) y culturas populares, en correspondencia con la posición ocupada por los actores en el espacio social.

Si introducimos, en cambio, el criterio de la evolución social en el largo tiempo, obtendrermos la distinción entre culturas tradicionales (propias de las sociedades étnicas o agrarias preindustriales) y cultura moderna (entendida como la conjunción específica entre cultura de masas y cultura científica en un contexto urbano).

También resultaría útil para los fines de nuestro análisis introducir los ejes sincronía/diacronía -de ascendencia saussuriana- para incorporar a nuestro análisis la perspectiva histórica asumida en algunos estudios culturales.

Por último, la posible relación de la cultura con las demás instancias de la sociedad como la política, la economía y la jurídica, puede ofrecernos un esquema adicional para indagar si se han realizado estudios desde esta perspectiva.

 

Los grandes ejes de la investigación cultural en México

Si tomamos todos estos parámetros como esquemas de clasificación y análisis, estaremos en condiciones de preguntarnos, en líneas muy generales, cuáles han sido hasta ahora los ámbitos más frecuentados por las investigaciones culturales en México.

Notemos, ante todo, que el interés por el estudio de la cultura como objeto de una disciplina específica y con una perspectiva teórico-metodológica también específica es muy reciente en México y no se remonta a más de 20 años. Podemos afirmar que dicho interés nace muy vinculado con el descubrimiento de las obras de Antonio Gramsci en los años setenta, obras que se tradujeron y se difundieron rápidamente en nuestro país al calor de la atmósfera marxista que impregnaba entonces el campo de las ciencias sociales. Pero la figura de Gramsci nos llega filtrada, en gran parte, por medio de la demología italiana, cuyo jefe de fila, Alberto M. Cirese, fue indiscutiblemente el impulsor y catalizador inicial de los estudios culturales en nuestro país. Su primer seminario sobre las culturas populares en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), en julio de 1979, bajo el patrocinio de su entonces director Guillermo Bonfil, y el seminario subsiguiente que impartió sobre el mismo tema en la UAM-Xochimilco, en agosto de 1981, pueden considerarse como hitos importantes en el desarrollo de los estudios culturales en México. Pero debe añadirse de inmediato que el estímulo gramsciano así mediado no operó en un completo vacío. Por una parte, ya existían antecedentes importantes en cuanto a investigaciones culturales como lo demuestran los trabajos de George M. Foster sobre "cultura de conquista" y culturas tradicionales en México, y los de Vicente T. Mendoza sobre el cancionero popular mexicano (1954 y 1982). Por otra parte, ya existía un terreno abonado por la tradición antropológica indigenista y campesinista mexicana que desde tiempo atrás había logrado sensibilizar no sólo a la academia, sino también a los sectores dirigentes del país respecto a la problemática cultural de las clases subalternas. Incluso podríamos señalar cierto número de estudios antropológicos que de hecho abordaron múltiples aspectos de la cultura y contribuyeron acumulativamente a construir o reforzar algunas dimensiones de la cultura nacional -como la del nacionalismo, por ejemplo-, aunque no hayan tematizado explícitamente la cultura como objeto de indagación ni hayan exhibido preocupaciones teórico-metodológicas específicas a este respecto. La simbiosis entre Guillermo Bonfil y Alberto Cirese me parece emblemática e ilustrativa de esta especie de intersección entre la tradición antropológica mexicana y la demología italiana. No debe extrañarnos entonces que el terreno inicialmente más cultivado y frecuentado por la investigación cultural en nuestro país haya sido el de las culturas populares.

Hoy día contamos con una muy buena sistematización de los ciclos de fiestas populares (patronales, carnavalescos, etcétera) en todo el país, con excelentes estudios sobre las danzas populares, sobre danzas de conquista, sobre artesanías y artes populares, sobre cultura obrera, sobre creencias populares en comunidades pueblerinas, sobre el discurso popular, sobre religión popular y religión de los santuarios, sobre las sectas como nuevas formas de religión popular, sobre cultura urbana barrial y chavos banda; y en fin, con significativos avances en el estudio del cancionero popular, que entre otras cosas han contribuido al redescubrimiento del corrido y a su reinterpretación histórico-sociológica.

No se puede hablar de cultura popular en México sin mencioanr la vasta obra de Carlos Monsiváis, quien puede ser considerado con toda justicia como testigo y cronista privilegiado de las más variadas manifestaciones de la vida cotidiana y festiva de los estratos populares principalmente urbanos. Merecen destacarse sus estudios sobre el cine mexicano (1993, 1994a), sobre intérpretes y compositores de música popular (boleros, danzones, Agustín Lara, Juan Gabriel, Luis Miguel, etcétera), y sobre una gran variedad de creencias, rituales y gustos de los sectores populares urbanos (1994b, 1995). Su obra también abarca la crónica de la vida cotidiana y de otros sucesos urbanos (1978, 1988, 1994c), estudios sobre el género epistolar (1991) e incursiones en el campo de las tiras cómicas y de la caricatura política mexicana.

Pero las culturas populares han sido abordadas en México, por lo general, como si fueran autónomas y autosuficientes, al margen de toda referencia al sistema cultural global del país y, particularmente, sin referencia a su contraparte, la "cultura legítima" o "consagrada" y, en menor medida, a la cultura de las capas medias urbanas. Lo que quiere decir que han sido abordadas desde un ángulo preponderantemente "populista", es decir, como una alternativa valorizada frente a la "cultura burguesa" y no como un "simbolismo dominado" que lleva en sus propias entrañas las marcas de la dominación. Ahora bien, como dice Claude Grignon (1989:35), "el sociólogo no puede escamotear en la descripción de las diferentes culturas de grupo o de clase, las relaciones sociales que las asocian entre sí en la desigualdad de fuerzas y la jerarquía de posiciones, ya que los efectos de tales relaciones se hallan inscritos en la significación misma del objeto a ser descrito".

Quizás por eso mismo, salvo tímidos intentos inspirados en el paradigma elitista de Francois-Xavier Guerra, la cultura dominante no ha suscitado gran interés entre los sociólogos y los antropólogos. Hasta hoy sabemos muy poco sobre las modalidades y la diversificación de los comportamientos culturales de la clase cultivada en México. Lo mismo puede decirse de las clases medias urbanas y, todavía con mayor razón, de la "cultura juvenil" que ha sido muy estudiada en Europa y que en los países industrializados tiende a autonomizarse en términos transclasistas, configurando un universo cultural propio centrado en la música, en la espectacularización de los simbolos, en la valorización del cuerpo y la puesta en evidencia del poder simbólico del gesto (Donnat, 1994:359 y ss.).

Si recurrimos ahora a la dicotomía culturas tradicionales/cultura moderna como esquema de clasificación, nuevamente observaremos el predominio masivo de la primera alternativa. En México se han estudiado muchísimo las culturas tradicionales bajo dos figuras principales: Las culturas étnicas y las culturas campesinas. De las primeras se ha ocupado preferentemente la antropología llamada indigenista, que nos ha legado obras de gran calidad heurística y analítica como México Profundo de Guillermo Bofil (1987), algunas contribuciones de Lourdes Arizpe (1989) y la serie de monografías de Miguel Alberto Bartolomé y Alicia Mabel Barabas (1996 y 1997) sobre las culturas indígenas de Oaxaca. De las segundas se han ocupado los llamados "campesinólogos", una corriente antropológica impulsada en los años setenta por Angel Palerm y una de cuyas figuras principales fue, en su momento, el hoy ex secretario de la Reforma Agraria Arturo Warman. No olvidemos que este autor fue el primero en sistematizar el paradigma del sistema de cargos en México y también el primero en abordar las danzas y bailes tradicionales como objeto de interés antropológico (1985).

Por lo que toca a la cultura moderna en México, cultura urbana por definición, existen importantes contribuciones a propósito de algunos de sus componentes aislados. El hecho de que algunos investigadores interesados en la problemática cultural también fueran comunicólogos -como fue el caso de Jorge González y Jesús Galindo en Colima- propició que desarrollaras una serie de importantes investigaciones sobre la televisión que, como sabemos, constituye un factor determinante de la llamada "cultura de masas" en México. En efecto, vale la pena mencionar que en la Universidad de Colima surge, por un lado, uno de los paradigmas más elaborados y completos para el análisis de los programas televisivos y, por otro, los mejores análisis de las telenovelas y de otras series televisivas, abordamos no sólo desde el punto de vista de las ciencias de la comunicación, sino también de la antropología y la sociología.

En otro aspecto, la formación filosófica de algunos investigadores como Néstor García Canclini (1989), contribuyó a la introducción del tópico de la "posmodernidad" como objeto de preocupación dentro de los estudios culturales, por lo menos en términos ensayísticos, aunque con fundamentos empíricos. Este mismo autor, que suele caracterizarse por un gran sentido de previsión y anticipación respecto al cambio cultural, se ha esforzado últimamente por orientar la atención de los investigadores y estudiosos de la cultura hacia los posibles efectos culturales de la globalización económica en México a raíz del Tratado de Libre Comercio. Desde esta perspectiva ha logrado sensibilizarnos hacia un tema candente en el debate actual sobre la cultura en el mundo anglosajón: la cultura global. Por lo demás este autor, que últimamente se ha convertido en una autoridad en el ámbito de los estudios culturales en México y en América Latina, conduce actualmente investigaciones sobre comunicación y cultura con su equipo de investigadores de la UAM-Iztapalapa.

Sin embargo, falta todavía un enfoque sociológico global sobre la cultura moderna en México que contemple la articulación entre "cultura de masa" (turismo de masa, medios de comunicación de masa, deportes de masa, educación de masa, prácticas religiosas de masa, etcétera) y "cultura científica" en el sentido moderno del término, es decir, de la ciencia entendida en términos de desempeño y eficacia, todo ello en el contexto de los nuevos fenómenos urbanos (v.g., la emergencia de las "regiones metropolitanas") y de la consolidación de la tecnocracia como campeona de la modernización, de la eficacia, de la rentabilidad, del "desempeño" y de la competitividad.

El estado y las empresas abandonan cada vez más los discursos humanistas e idealistas sobre la ciencia. Actualmente no se invierte en científicos, técnicos e instituciones científicas para saber la verdad, sino para acrecentar el poder (Lyotard). El criterio de desempeño es invocado explícitamente por los administradores para justificar su negativa a habilitar tal o cual centro de investigación. Este principio rige no sólo la investigación científica, sino también la enseñanza universitaria y secundaria (Bassand y Hainard, 1985:28).

En México también se ha comenzado a explorar, en forma muy preliminar, la relación entre la cultura y las demás instancias o campos del espacio social, como la política, el derecho y la economía, bajo el supuesto de que, después de todo, la cultura no es más que la dimensión simbólica de todas las prácticas sociales. En este aspecto cabe señalar el interés creciente por el estudio de la llamada "cultura política", del que nos ofrece un testimonio el reciente volumen coordinado por Esteban Krotz con el título de El estudio de la cultura política en México (1996), así como también los trabajos críticos de Roger Bartra orientados a debatir precisamente el tema de la "cultura política" en México (1986, 1989, 1993, 1996a). Algunos trabajos muy recientes han venido a enriquecer últimamente este tópico, como los estudios de Guillermo de la Peña que enfocan la cultura política desde el ángulo antropológico y los de Eduardo Nivón que abordan el tema de la cultura y democracia.

En cuanto a la relación de la cultura con las otras instancias, el interés parece haber sido mucho menor. Por el momento, sólo puedo recordar el trabajo pionero de Enrique Valencia sobre el mercado de la Merced (1965), y las recientes incursiones de María Teresa Sierra en los terrenos de la sociología jurídica para explorar los conflictos ente el derecho consuetudinario indígena y el derecho moderno promulgado por el Estado nacional (Sierra, 1990, y Chenaut y Sierra 1995).

Si además de lo dicho introducimos en este mismo apartado la relación entre cultura y territorialidad, llama la atención la casi total ausencia de estudios regionales abordados desde el punto de vista cultural. Si asumimos como válido el dignóstico de Diana Liverman y Altha Cravey (1992), en México los estudios regionales se han desarrollado principalmente, si no exclusivamente, desde el ángulo geográfico y económico, y muy raras veces desde el aspecto cultural, salvo algunos intentos de regionalización histórico-cultural del territorio según el criterio de la ocupación del espacio por las grandes culturas étnicas (v.g., región sur de las "altas culturas" mesoamericanas y región norte de la "baja cultura" de indígenas recolectores y cazadores). Un esfuerzo inicial por llenar esta laguna ha sido el reciente trabajo de Claudio Lomnitz-Adler (1995) sobre la cultura regional de Morelos y la de la Huasteca potosina. Otra contribución reciente en este mismo sentido ha sido la serie de monografías sobre la cultura fronteriza y chicana publicadas por el Colegio de la Frontera Norte bajo la dirección y, frecuentemente, la autoría de José Manuel Valenzuela Arce (1997).

Situémonos ahora sobre el eje de la diacronía para explorar lo que se ha hecho en México en materia de estudios culturales bajo una perspectiva histórica. Digamos, de entrada, que si bien se ha trabajado mucho y bien sobre historia del arte (v.g., pintura colonial, historia de la música, historia de la literatura, etcétera) en términos de la disciplina histórica entendida en sentido tradicional, en México no existe una historia cultural propiamente dicha que, a la manera de Roger Chartier, de Robert Darnton o de Carlo Ginzburg, aborde su objeto a la luz de una teoría de la cultura y desde la perspectiva de una antropología (o sociología) histórica o, lo que es lo mismo, de una historia antropológica (o sociológica).

Lo que entre nosotros más se acerca a la historia cultural son algunas incursiones en la historia de las mentalidades, como las recogidas en un volumen publicado por el Colegio de México (1992). Y muchos creen que las historias de vida, como las que se publican abundantemente en el CIDE y en el Programa Cultural del Centro Universitario de Investigaciones Sociales de la Universidad de Colima, son también una manera de hacer historia cultural, desde el momento en que a primera vista, se las puede asociar casi naturalmente con dos categorías centrales de la cultura: la memoria (individual o colectiva) y la identidad. Sin embargo, aquí hay que andar con cuidado. La fascinación por las historias de vida, que en México nos ha llegado un poco tardíamente, se ha transformado hoy en desencanto en todas partes. Actualmente reviste todavía cierto interés como fuente auxiliar de información (que siempre requiere ser controlada por otras vías) y, sobre todo, como material lingüístico y de literatura oral. Pero tanto los sociólogos como los antropólogos coinciden en que nada tienen que ver ni con la identidad ni con la exploración de la memoria. Por lo demás, no hay que confundir historia oral con el método biográfico, que tiene una tradición diferente (la Escuela de Chicago) y que sí constituye un instrumento válido para la sociología y la antropología (Peneff, 1990:97 ss.).

Si volvemos ahora a los tres sentidos básicos de la cultura, se observa de inmediato que casi toda la totalidad de las investigaciones en México encajan dentro de lo que hemos llamado cultura como estilo de vida. Y dentro de este ámbito se ve que han prevalecido abrumadoramente la descripción y el análisis de las formas objetivadas de la cultura, observables desde la perspectiva etnográfica, es decir, desde la perspectiva del observador externo. En nuestro país se ha desarrollado muy poco lo que se ha dado en llamar antropología de la subjetividad, que exige la interdisciplinaridad con la psicología social y que es la única que puede tener acceso a las formas internalizadas de la cultura como habitus o como identidad social.

Sin embargo, no son nada despreciables las investigaciones que han comenzado a abordar de modo generalmente pertinente los problemas de la identidad social. Mencionamos, por ejemplo, las grandes encuestas realizadas por el equipo de Raúl Béjar y Héctor Manuel Capello sobre la identidad nacional en México; las monografías surgidas de la investigación sobre la identidades étnicas e identidad nacional en México bajo el patrocionio del INI y del IISUNAM, y los recientes trabajos de Miguel Alberto Bartolomé y Alicia Mabel Barabas (1996; 1997) sobre las identidades en Oaxaca y sus procesos de extinción. También merecen especial mención en este sentido los importantes estudios de Roger Bartra ligados a la "identidad del mexicano" (1987), con sus conexiones teóricas y metodológicas (1996b).

En cuanto a los otros dos sentidos de la cultura, me parece que hay poco que decir. Salvo los dos capítulos dedicados por Claudio Lomnintz (1995) en su último trabajo al análisis de las ideologías sobre cultura nacional en la literatura ensayística y filosófica de México; un curioso estudio sociocrítico de Edmond Cross (1983:225.278) sobre el discurso de la mexicanidad en Octavio Paz y Carlos Fuentes, y algunas intervenciones sugerentes de Guillermo Bonfil sobre el tema del mestizo como figura emblemática de la cultura mexicana (1992), no conozco a muchos sociólogos y antropólogos que se hayan interesado desde el punto de vista de sus respectivas disciplinas en el análisis de la cultura declarativa, es decir, los fenómenos de autointerpretación cultural en diferentes escalas y sectores de la sociedad mexicana.

Por lo que toca a la "cultura patrimonial" o "cultura consagrada", sólo resta dejar constancia de una ausencia dolorosa: en México se ha trabajo mucho, como queda dicho, en materia de historia del arte, pero simplemente no existe ni se cultiva una sociología del arte o del gusto estético que nos recuerde, aunque fuera lejanamente, obras como La distinción (1991) o Les régles del'art, de Bourdieu (1992).

La dimensión epistemológica

Una ponderación más cualitativa de las investigaciones culturales en México tendría que evaluar su profundidad epistemológica, es decir, hasta qué grado se movilizan la teoría y la metodología en los procesos de investigación.

Sabemos que en las ciencias sociales los paradigmas pueden ser descriptivos o explicativos. Nadie que esté en sus cabales puede dudar de la utilidad de los análisis descriptivos. Como en cualquier otro campo de la ciencia, la obtención de datos empíricos y su presentación descriptiva constituyen el punto de partida obligado del análisis sociológico y antropológico de la cultura. Desde este punto de vista, constituye un verdadero acontecimiento la publicación de la primera encuesta sobre equipamientos y comportamientos culturales de alcance nacional realizada por el Programa Cultura del Centro Universitario de Investigaciones Sociales de la Universidad de Colima (González y Chávez, 1996).

Pero un análisis puramente descriptivo que no culmine en la explicación o en la interpretación teóricamente fundada de los datos o fenómenos registrados, es un análisis que se queda corto desde el punto de vista científico.

Para entender esto hay que recordar que, según Passeron (1991, 347 y ss.), es posible diferenciar analíticamente tres tipos de enunciados en todo lenguaje científico: a) los enunciados informativos que proporcionan datos mínimos sobre el mundo empírico; b) los enunciados que producen efectos de conocimiento, resultantes de una primera preconceptualización de la información recopilada y que permiten formular nuevas preguntas sobre la misma, y c) los enunciados que producen efectos de inteligibilidad mediante la reconstrucción sistemática de los "efectos de conocimiento" en función de una teoría. Para que una investigación alcance este último nivel, se requiere filtrar los datos a través de una interpretación teórica.

Pues bien, lo que se observa en la mayor parte de las investigaciones culturales es el predominio abrumador de la descripción sobre la explicación. La mayoría de los trabajos son descriptivistas en sentido etnográfico, aunque últimamente también, y por suerte, en sentido estadístico. La antropología, de modo particular, parece tener una incontenible vocación sociográfica. En México, por ejemplo, existen innumerables monografías antropológicas sobre las fiestas populares y los sistemas de cargo, a veces enmarcadas en impresionantes "marcos teóricos", pero la mayor parte de ellas se limitan a describirlos con minuciosidad etnográfica.

A mi modo de ver, una de las claves de la debilidad teórica y, por lo tanto, metodológica de los estudios sobre la cultura en México radica en la poca o nula familiaridad de los sociólogos y antropólogos con la problemática del signo, de la que forma parte, a su vez, la problemática de los hechos simbólicos. Esta laguna representa un serio obstáculo para el análisis fino de los artefactos y los comportamientos culturales, ya que los signos y los símbolos constituyen, como dicen los culturólogos americanos, los "materiales de construcción de la cultura" (the building blocks of culture) (Brummet, 1994:6).

Una socióloga inglesa Wendy Leed-Hurwitz (1993), ha llegado incluso a definir la cultura en términos directamente semióticos. Según ella, una cultura es un "sistema de códigos" (set of codes), y un código, a su vez, un sistema de símbolos (set of simbols).

Tenemos que convencernos, entonces, de que la hermenéutica de la cultura pasa también por la semiótica, y que una de nuestras tareas más urgentes es redescubrir la rica veta de reflexiones sobre el papel de lo "simbólico" en la sociedad que encontramos en la tradición de la escuela francesa de sociología (Durkheim, Mauss, Marcel Granet, Marc Bloch, Lévi-Strauss, Marc Augé) en la llamada "antropología simbólica" (C. Geertz, V. Turner, Shalins) y en la semiótica soviética de la cultura (Jurij M. Lotman y la Escuela de Tartu).

 

A modo de conclusiones

A lo largo de la exposición han ido apareciendo en filigrana las grandes lagunas, insuficiencias y desequilibrios de la investigación cultural en México. Y también, como en negativo, las tareas que nos esperan y las perspectivas de futuro.

Expresado en términos muy generales, el diagnóstico final puede ser el siguiente: si bien se ha avanzado mucho en pocos años y con pocos recursos, los estudios culturales siguen siendo la cenicienta de las ciencias sociales en México y manifiestan un bajo nivel de innovación científica.

Conviene insistir en que el origen de nuestras debilidades no es exclusivamente interno y que éstas no deben atribuirse demasiado a la ligera a la falta de información o de formación de nuestros investigadores. También hay factores externos condicionantes que explican en parte nuestra situación. Me limitaré a enumerar algunos de ellos sin profundizar en la cuestión:

1) El primer factor es ciertamente la crisis fiscal del Estado y la casi exclusión de la problemática cultural y humanista entre las prioridades de las políticas estatales sometidas a la presión del neoliberalismo económico.

2) Otro factor no desdeñable podría ser el control burocrático de la investigación mediante organismos como el SNI, que ha introducido criterios economicistas de productividad y eficientismo individualista, inhibiendo el trabajo en equipo, alterando los ritmos de reflexión y maduración propios de la ciencia y empujando a los jóvenes investigadores a la improvisación o a la redundancia, bajo la compulsión de "publicar o morir".

3) Habría que señalar, por último, la crisis institucional de las ciencias sociales en la Universidad, debido en gran parte a la mencionada crisis fiscal y al desinterés del Estado, pero también a la crisis del marxismo en los años ochenta, que provocó primero una gran desorientación teórica y, posteriormente, un desinterés generalizado por todo lo teórico. No olvidemos que, como queda dicho, las primeras investigaciones sobre la cultura en México se desarrollaron bajo la enseñanza gramsciana.

Las tareas prioritarias que nos esperan derivan en parte de todo lo dicho. Me limitaré a señalar las principales.

Nuestra primera tarea tendría que ser la de conquistar un espacio institucional o, por lo menos, un espacio institucionalmente reconocido para el estudio de la cultura dentro del conjunto de las disciplinas sociales institucionalizadas en la Universidad. El problema radica en que la segmentación entre los diferentes departamentos de las ciencias sociales, además de ser rígida, refleja las más de las veces un estadio antiguo y ya superado de la clasificación de las ciencias sociales y no ofrece un espacio adecuado, salvo en forma residual o como apéndice de otras disciplinas formales (como la antropología), para disciplinas transversales y esencialmente híbridas como es la ciencia de la cultura. En efecto, el espacio de la cultura es un espacio disciplinariamente híbrido que convoca no sólo a la antropología y la sociología, sino también a otras disciplinas como la historia, la psicología social, la ciencia de la educación, la semiótica y hasta la retórica. Más aún, según una investigación reciente (Dogan y Pahre, 1991), el potencial de innovación de las disciplinas sociales tiende a concentrarse hoy día precisamente en los intersticios híbridos entre las disciplinas o fragmentos de disciplinas diferentes aunque afines.

La segunda tarea tendría que ser corregir, en lo posible, el enorme desequilibrio existente en la frecuentación de los diferentes sectores, perspectivas y escalas teóricamente posibles dentro de los estudios culturales. En efecto, hemos visto cómo las investigaciones tienden a concentrarse en algunos polos privilegiados, como las culturas étnicas y populares. Ahora bien, una situación de este tipo puede generar lo que algunos llaman "paradoja de la densidad". Es decir, la multiplicación de las investigaciones en un mismo sector de la disciplina o sobre los mismos tópicos, lejos de generar un progreso proporcional, tiende a sujetarse a la ley de los rendimientos decrecientes y a provocar fenómenos de saturación y repetitividad.

Pero hay más: el predominio del descriptivismo etnográfico ha provocado a su vez el predominio abrumador de lo micro y, frecuentemente, de lo micro-regional en forma de estudios de caso en las investigaciones culturales. Felizmente, una encuesta como la reciente realizada por el Programa Cultura de la Universidad de Colima puede contribuir a corregir esta situación, ayudándonos a elevar la mirada y a tomar en consideración la escala nacional y regional en la investigación de la cultura.

Finalmente, una tarea obvia, que no por serlo deja de seguir siendo la más importante, es el reforzamiento permanente de la formación y de la capacidad de reflexión teórica de nuestros investigadores. Esta tarea es particularmente difícil, porque el ámbito de la cultura se presenta hoy como un campo de batalla cruzado por los múltiples debates teóricos.

Para comenzar, está en juego el concepto mismo de cultura, que hoy tiende a ser desechado por la llamada "antropología posmoderna" (Clifford y Marcus, 1986), o también volver a una acepción patrimonial que predica el retorno a los valores consagrados por oposición al relativismo de las concepciones extensivas de la cultura, acusadas de ser cómplices de los enemigos de la "verdadera cultura".

También está en juego la representación de lo social que sirve de marco a los estudios culturales. Algunos opinan que la sociología de la cultura sigue demasiado aferrada a una visión clasista de la sociedad, inspirada en el marxismo, que ya no tiene vigencia por lo menos en los países desarrollados. Esos autores se apoyan en la tesis de la masificación o clase-medianización generalizada de la sociedad, y consecuentemente proponen abandonar la correlación entre comportamientos culturales y posiciones sociales. Otros, en fin, apoyados en la emergencia de una "cultura juvenil" a partir de los años setenta, sostienen que los efectos de la edad y de generación han relegado a un segundo plano los efectos de posición social.

Está en juego, finalmente, la realidad y profundidad de la mutación cultural en las sociedades avanzadas. Algunos afirman que nada ha cambiado y que todo sigue igual: no se habría ampliado el círculo de los frecuentadores de la literatura, del teatro y del arte contemporáneo y persistirían las desigualdades de acceso a la cultura, tanto en los términos sociales como geográficos. Otros, en cambio, hablan de una verdadera revolución cultural "posmoderna" que se manifestaría emblemáticamente en la muerte del libro y el triunfo definitivo de lo audiovisual.

Este repertorio de problemas teórico-interpretativos constituye sólo una muestra de los debates en curso en las sociedades avanzadas a propósito de la cultura, a los que tendremos que añadir nuestros propios debates en México y en Latinoamérica.

 

 

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